En Shindaita (新代田), a pocos minutos de Shimokitazawa (下北沢), donde vivo, una pequeña delegación del País de Nunca Jamás estableció hace tiempo su aldea de descarriados.
Ese lugar se llama Hanegi Koen (羽根木公園) y allí existe un parque de juegos infantil alternativo, muy al estilo Shimokita ; aquí se les ofrece a los retoños japoneses lo que yo y los de mi generación tuvimos la oportunidad de vivir en nuestra infancia y que enriqueció nuestras vidas con coloridas y variadas experiencias.
Cualquiera que haya crecido en una emergente ciudad dormitorio de la periferia urbana durante los 80 sabrá a lo que me refiero: batallas a pedradas en los solares, explorar cloacas antorcha en mano, jugar a los médicos con las jeringuillas abandonadas por los yonkis (o con los propios yonkis), perderse jugando al escondite en una interminable selva de esqueletos de edificios, a los que un inoportuno cambio de concejal dejó con sus vigas peladas al sol durante lustros. Así fue mi infancia, y la de muchos como yo, pero estos chavales pueden disfrutar de un peligro controlado, bajo la atenta vigilancia de unos padres que quieren que sus hijos tengan una educación diferente, apartados del uniformado sistema educativo japonés.
En este parque no hay juguetes, no hay columpios, ni sofisticadas maquinas de gimnasia de vivos colores; sí hay tablones, herramientas, bidones, cuerdas… todo lo que necesita un niño para inventar sus propios juegos. Ellos mismos construyen sus columpios, sus casetas, sus toboganes; ayudados por los mayores, organizan competiciones entre los distintos bloques del barrio, hacen mercadillos, barbacoas…
Me lo pasé mico viéndolos disfrutar con gritos y risas abiertas, sinceras; jugando al soga-tira, rodando dentro de los bidones, saltando por los tejados, correteando hasta caer extenuados.
Una maravillosa excursión a la infancia en esencia pura, en esos instantes eché de menos a Ana, Chema y Don Julián ¿cómo habrán acabado?¿qué fue de ellos?